¿Realmente merezco algo bueno?

Otro año más llega la Navidad, y con ella, la introspección. Es inevitable que al llegar al final del año echemos un vistazo al retrovisor. ¿Qué hemos hecho este año? ¿Qué hemos logrado? ¿Qué no hemos logrado? ¡El tiempo pasa cada vez más rápido! 

Vivimos en un mundo en el que «tenemos» que merecer lo que obtenemos. Tenemos que merecer el dinero que ganamos, el puesto que tenemos, las calificaciones que alcanzamos, el cuerpo que ejercitamos, las deportivas que siempre hemos querido, el viaje que soñamos, y a veces, hasta el cariño de los que nos rodean. 

Es normal, entonces, que llegue Navidad y exista un sentimiento de que no merecemos nada bueno. O no mucho, al menos. Los errores que hemos cometido, incluso años atrás, pesan más que las buenas acciones o las buenas intenciones. Hay algo en las luces de Navidad que te susurra que no lo mereces.

Dios nos dice en Efesios 2, explícitamente y sin tapujos, que ni siquiera merecemos el regalo más grande que podemos recibir: la salvación de nuestra alma. En otras palabras, la gracia de Dios hace que la salvación no sea justa. Nunca obtendremos nada que merezcamos, pues todo lo que viene de Dios es producto de su interminable misericordia, perdón y amor hacia nosotros. Esta Navidad, ¡te invito a dejar atrás toda culpabilidad y recibir cada pequeño detalle como parte del gran regalo del amor de Dios! Un abrazo, un buen deseo, una sonrisa, un pedazo de pastel, un atardecer, la lluvia, el sol, nada de esto mereceremos jamás.    
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