Comeremos gigantes

Moisés, Josué, Caleb y todo el pueblo de Israel, se acercan a la tierra prometida y al observarla, confirman que la tierra a la que van, verdaderamente destila leche y miel, pero tiene un problema: hay gigantes.
Esta historia comienza en el capítulo anterior, cuando los espías que fueron a ver la tierra prometida, regresan con el informe de que es una tierra extraordinaria, pero está habitada por gigantes. El consejo de los espías es negativo, por lo que Moisés, Aarón, Josué y Caleb se angustian, al ver a Israel nuevamente cuestionar la Voluntad de Dios e irrumpen cortando el discurso de lo negativo, para declarar lo que está en el corazón de Dios. No siempre la mayoría tiene la razón.
Este es un pasaje extraordinario, para comprender el efecto de las declaraciones de nuestra boca. El final del capítulo trece nos da la clave de todo el asunto. Parte de los espías eligieron creer lo que decían los gigantes en lugar de creer lo que Dios había prometido.
En nuestro corazón guardamos nuestras creencias, las cuales se hacen evidentes cuando las exponemos, cuando las declaramos con nuestra boca. Mi fe se edifica en lo que declaro y a la vez declaro lo que creo. Si mi mente está llena de pensamientos negativos acerca de mi mismo y los demás, y encima lo declaro con mis labios, se producirá un círculo vicioso que me alejará de lo que Dios ha planeado para mí.
Construyo un círculo virtuoso, cuando me paro en las palabras de Dios y a la hora de hablar, elijo declarar bendición, en lugar de maldición. Mi Dios es mi amparo y es superior, a cualquier amparo que puedan tener esos gigantes.
Lo creo, lo declaro, lo poseo.








