Jesús es el Rey siervo

Querido(a) amigo(a), ¿te has dado cuenta de qué manera la humildad habitaba (y habita) en Jesús?

Él, siendo Dios, se hizo hombre, y se revistió de nuestra humanidad en todos los aspectos. En efecto, Él conoció la incomprensión, el rechazo, la tristeza, el dolor, el abandono e incluso la traición.

No solo se hizo hombre, sino que, además, se hizo a su vez siervo de los hombres. Es lo que vemos en Juan 13:5, “Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido”.

De esta manera, el Rey del universo se arrodilló para lavar los pies de sus discípulos.

Mucho más que un siervo: fue un esclavo voluntario que aceptó llevar el peso injusto de nuestros pecados en aquel madero que llevó dolorosamente de camino al Gólgota, y en el que fue crucificado.

Hombre entre los hombres, supo guardar esa bella actitud de corazón y fue agradecido por cada poca cosa que Dios le ofrecía. Esta humildad, que le reviste de Majestad, es una humildad perfecta que no tiene sombra de falsa modestia.

¡Qué ejemplo más grande para nosotros! Nuestro Dios está impregnado de una de las más bellas cualidades que pueden existir: la humildad. Por esto, no puedo dejar de animarte, querido(a) amigo(a), para que busques impregnarte tú también de esta humildad que está en Dios, a fin de que cada día puedas parecerte más y más a Él.

Gracias por existir,
Éric Célérier


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