El sello del Espíritu

Perdí a mi papá cuando era joven. No estuvo presente en mi boda para entregarme en el altar. No me acompañó en el hospital durante el nacimiento de mis dos hijos. No fue testigo de mis grandes crisis ni celebró conmigo las victorias en mi vida adulta. A veces sueño con él. Escucho su voz. Veo sus grandes manos y su espeso bigote. En esos momentos, vuelvo a ser una niña y me despierto feliz. Pero es solo un sueño; su ausencia es real.

Los discípulos de Jesús habían compartido tres años junto a su Maestro. El tiempo de su partida se acercaba, y Jesús percibía la angustia en sus corazones. ¿Nos quedaremos solos? ¿Abandonarás a quienes te amamos y confiamos en ti?

La angustia es un sentimiento universal en la experiencia humana. Tememos a lo desconocido, el futuro incierto, perder el control, el ridículo ante amigos, no alcanzar las expectativas en la universidad, el desprecio o la carencia. El temor está íntimamente ligado a la sensación de abandono.

Jesús, en su compasión, ofrece una gran promesa para calmar sus corazones: “Y yo pediré al Padre y él les dará otro Consolador para que los acompañe siempre: el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede aceptar porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará en ustedes.No los voy a dejar huérfanos; volveré a ustedes" (Juan 14:16-18).

La seguridad de que seguirían siendo amados hijos y no huérfanos proviene de la promesa del Espíritu Santo, quien viene como un Consolador permanente para habitar en los corazones de aquellos que han creído en Jesús.

Charles Spurgeon, el predicador inglés del siglo XIX, nos ofrece varias razones por las que no debemos sentirnos huérfanos:

Un huérfano tiene padres que han muerto, pero el Espíritu nos revela que Jesús está vivo.
Un huérfano se queda solo, mientras que el Espíritu nos acerca más a Dios.
Un huérfano ha perdido a su proveedor, pero el Espíritu provee todas las cosas.
Un huérfano queda sin instrucción, pero el Espíritu nos enseña todas las cosas.
Un huérfano no tiene defensor, pero el Espíritu es protector.
Me identifico con la angustia y el temor de los discípulos de Jesús al pensar en ser abandonados y quedar completamente vulnerables. Sin embargo, también encuentro alegría y paz al saber que en el plan de Dios, el Consolador estaría con nosotros y en nosotros de manera permanente.

El Espíritu Santo es la garantía, el sello que asegura que pertenecemos a Dios (2 Corintios 1:22). En el mundo antiguo, el sello se utilizaba para identificar, proteger y apartar algo como propio. ¡Puedes tener seguridad de que eres hijo del Padre! Tu relación de hijo no depende de tus emociones o circunstancias.

A través del Espíritu Santo, podemos tener una relación íntima y cercana con nuestro Padre: “Y ustedes no han recibido un espíritu que los esclavice al miedo. Al contrario, han recibido el Espíritu de adopción, por medio del cual clamamos: ‘¡Abba, Padre!’” (Romanos 8:15). Clamamos ¡Abba! en nuestra angustia, y Él nos escucha, nos atiende y nos protege.

¿Te sientes huérfano o vulnerable en este momento?

¡Experimenta la seguridad de ser un hijo amado por Dios!

Recuerda:

El Espíritu Santo está disponible para todos los que creen en Jesús.
El sello del Espíritu Santo es una garantía de tu eterna pertenencia a Dios.
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